Escribo mi nombre, letras y fonemas desparramados en la hoja. Signo, símbolo de mí. Mi nombre,siete letras. La misma vocal abierta repetida tres veces. (Dicen que las vocales son abiertas porque al pronunciarlas abrimos más la boca; otra taxonomía literaria inútil, salvo para el estudio del diptongo, que a nadie le interesa). Al nombrarlo/me con la voz, primero hay silencio. Luego se oye como si soplara el viento, o como si alguien chistara. Ahí me oigo, o más bien me oyen, o se me oye. Soy ese viento que surge de repente como la brisa sencilla de la mañana.
Es mi nombre como cosa. Como todas las cosas tienen nombre, yo también. Alguien puede señalarme desde lejos, pensando en mí como cosa-persona, imagen caminando por ahí. Nombre... Como las mesas y los billetes viejos y los jilgueros y los sistemas matemáticos. Todo tiene nombre, parece; todo precisa ser nombrado o al menos aludido para entenderlo por otra cosa nombrada en nuestra lógica. Soy aludida, soy nombrada, soy cosificada. En el mundo de las cosas, soy fenomenizada. En el mundo que yo elijo, solamente soy, y cuando me llaman por mi nombre de cosa, a veces respondo.
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